¿Por qué equivocarse puede ser el inicio del verdadero aprendizaje?
El papel de la retroalimentación en el desarrollo del aprendizaje profundo
Soy un estudiante de primer año y estoy empezando esta nueva etapa de mi vida, en la que me formaré para ser un profesional y, por qué no, una mejor persona. Una persona con valores y habilidades, un profesional íntegro que esté en constante desarrollo y sepa cómo seguir aprendiendo, incluso luego de haber terminado la universidad. Por eso, es muy importante que aprenda a aprender, sobre todo desde ahora, en mi primer año y mi primer ciclo de estudios generales.
Mi principal obstáculo al momento de aprender, algo que observé también en muchos de mis compañeros, es el temor a equivocarnos o a cometer errores, lo que incluso provoca que muchas veces no nos animemos a participar ni a intentarlo siquiera.
Se han identificado varios motivos por los que los estudiantes, y las personas en general, tenemos este miedo: la vergüenza, una baja autoestima, un futuro incierto o hasta el temor de no cumplir las expectativas depositadas por una persona importante para nosotros (1).
A esto puede sumarse otro óbice: las expectativas que uno tiene de sí mismo. El efecto Pigmalión puede actuar tanto de forma positiva como negativa (2), y el segundo caso resulta muy peligroso. Cuando siento que estoy predispuesto a no aprender, o cuando siento que un docente no espera que logre mucho, mi motivación disminuye significativamente. Otro inconveniente es la perspectiva negativa que se tiene de las evaluaciones, al considerarlas un tipo de castigo. Este punto de vista está arraigado en nosotros y suele generar rechazo, incluso cuando estas evaluaciones buscan formarnos mejor (1).
Pero ¿es correcta esta perspectiva que he planteado? ¿Realmente el error es tan negativo como parece? En este ensayo quiero proponer un enfoque distinto, uno que aproveche los errores para construir un aprendizaje profundo y duradero. Las equivocaciones preceden al aprendizaje, pero para llegar de un punto a otro se necesita un proceso de retroalimentación formativa y oportuna. Abordaremos primero el error como el componente cognitivo clave con el que se inicia el aprendizaje; luego, entenderemos cómo la retroalimentación lo transforma y, por último, definiremos el contexto necesario para que esto ocurra.
Nuestro aprendizaje empieza con querer aprender (2), lo que implica vencer frases que aparecen con frecuencia, como “yo no sé hacer esto” o “a mí no me sale”. Si entendiéramos el error como un paso necesario para aprender, sería mucho más fácil cometerlo y aprovecharlo (3). El error es necesario en todo aprendizaje (1): el panadero experto antes fue un aprendiz que quemó el pan en su horno; el conductor de carreras experimentado derribó algún cono o cruzó una línea que no debía cuando estaba aprendiendo; y los cirujanos expertos primero debieron practicar cientos de horas en un entorno seguro antes de poner en riesgo la vida de un paciente. Debemos reemplazar la concepción del error como algo negativo o no deseable por la de una parte importante de nuestra experiencia de aprendizaje. Debemos verlo con un lente positivo que nos impulse a actuar no con miedo a equivocarnos, sino con la esperanza de que terminará siendo productivo (1).
Siguiendo esta línea, el paso que sigue a equivocarnos es evaluarnos (2). Por lo general, la evaluación es de tipo sumativo y se utiliza para determinar la eficacia global y asegurar la calidad (4), de modo que termina solo en una nota como calificación final. El otro tipo es la evaluación formativa, en la que se busca conocer las fortalezas y debilidades del estudiante para ayudarlo a mejorar su trabajo diario y su desarrollo personal (4). Es este segundo tipo el que buscamos recibir de nuestros docentes, quienes actúan como orientadores en nuestro aprendizaje (2). A partir de ese conocimiento sobre su desempeño, se puede impulsar al estudiante con palabras de aliento o con gestos y señas: una sonrisa o un pulgar arriba traen mejores resultados al comunicar la retroalimentación (1), ya sea que provenga del docente o incluso de otro estudiante (4).
Entre las estrategias que se pueden usar al momento de retroalimentar se encuentran la técnica del sándwich, que consiste en rodear una crítica constructiva con puntos positivos ya logrados (3); el uso de rúbricas, que sirve de base para una retroalimentación más productiva (2); la estrategia TARGET (Tarea, Autoridad, Reconocimiento, Grupo, Evaluación y Tiempo), que permite crear un ambiente óptimo para el aprendizaje (1); y, sobre todo, involucrar al estudiante en su propia evaluación, de modo que pueda crear sus propias metas y objetivos a lo largo de la clase (1, 4).
Para que se cumpla la tesis de que el error se convierte en aprendizaje, se debe generar un contexto específico en el que el estudiante se sienta seguro y motivado (5). Además, se debe utilizar un lenguaje constructivo que no desmerezca el esfuerzo del estudiante, señalando tanto los aspectos positivos ya logrados como los aspectos por mejorar, de modo que lo inciten a preguntarse cómo mejorar y qué hacer de manera diferente para lograrlo en el futuro (2). Este ambiente debe garantizarse incluso en espacios virtuales, mediante estrategias adecuadas que permitan superar las limitaciones de la enseñanza remota (2, 5).
En conclusión, la formación universitaria no será un camino sin obstáculos, sino un proceso en el que el error deja de ser algo negativo para convertirse en evidencia de que estamos aprendiendo. Como vimos, equivocarse es el punto de partida necesario, pero es la retroalimentación formativa la que lo transforma en competencia real.
Sin embargo, ninguna estrategia técnica funcionará si no existe un clima de confianza en el que podamos equivocarnos sin miedo al juicio. Por eso, el verdadero desafío para nosotros, estudiantes de primeros ciclos, no es solo aprobar cursos, sino cambiar nuestra mentalidad: pasar de la ansiedad por la nota a la curiosidad por mejorar.
Finalmente, asumiré el error con humildad y buscaré activamente la retroalimentación, pues ambos serán pilares de toda mi formación profesional. Aprender a aprender implica, en esencia, aprender a fallar. Solo así mi formación no terminará con el grado universitario, sino que continuará como un hábito frente a los desafíos que me esperan.
REFERENCIAS
Silveira Torregrosa Y, Moreno Murcia JA. Miedo a equivocarse y motivación autodeterminada en estudiantes adolescentes. Cuadernos de Psicología del Deporte [Internet]. 2015;15(3):65-74. Disponible en: https://scielo.isciii.es/pdf/cpd/v15n3/06_psicologia5.pdf
Morán Tello A. La retroalimentación para el aprendizaje [Video en Internet]. s. l.: YouTube; 9 de julio de 2020. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=kYv_8U6XvKk
Moreno-Murcia JA, Silveira Torregrosa Y, Conte Marín L. Relación del feed-back positivo y el miedo a fallar sobre la motivación intrínseca. Revista Española de Orientación y Psicopedagogía [Internet]. 2013;24(2):8-23. Disponible en: https://www.redalyc.org/pdf/3382/338230794002.pdf
Contreras GA. Retroalimentación por pares en la docencia universitaria. Una alternativa de evaluación formativa. Formación Universitaria [Internet]. 2018;11(4):83-94. Disponible en: https://www.scielo.cl/pdf/formuniv/v11n4/0718-5006-formuniv-11-04-00083.pdf
Valdivia S. Retroalimentación efectiva en la enseñanza universitaria. En Blanco & Negro [Internet]. 2014;5(2):20-24. Disponible en: https://revistas.pucp.edu.pe/index.php/enblancoynegro/article/view/11388/11901



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